CHARCO DEL ACEITE Y MERMECINO

Muy cerca del corazón del río Guadalquivir, escondido entre montañas y pinares, se encuentra un rincón especial que parece sacado de un cuento. Un pequeño remanso de agua, tranquilo y cristalino, invita a darse un chapuzón refrescante en verano, aunque cualquier época del año es buena para dejarse llevar por la calma del entorno.

Este espacio natural cuenta con lo necesario para pasar un día redondo en plena naturaleza: mesas de piedra donde compartir una comida, bancos de madera para descansar a la sombra y un kiosco-bar donde reponer fuerzas. Todo está rodeado de un frondoso paisaje, enmarcado por laderas rocosas cubiertas de pinos que parecen caer desde lo alto hasta abrazar el río.

En estas aguas claras viven algunos de los habitantes más emblemáticos del parque. La trucha común, siempre ágil y escurridiza, reina entre barbos, bogas plateadas e incluso alguna que otra nutria que se deja ver si tenemos paciencia.

Uno de los elementos que más llaman la atención son los enormes bloques de piedra que surgen del cauce como pequeñas islas. En lo alto de uno de ellos se ha instalado un mirador desde el que se puede contemplar una panorámica inolvidable: el reflejo del verde vibrante de la vegetación sobre el agua. Justo al lado, una gran cueva se abre en la pared rocosa, mientras las hiedras trepan por sus muros hasta alcanzar el techo.

Y como todo paraje con encanto, este lugar también tiene su leyenda. Dicen que su nombre, Charco del Aceite, se debe a una curiosa historia: un burro cargado con pellejos de aceite perdió el equilibrio en un paso estrecho y cayó al agua. El aceite se esparció por la superficie, tiñendo el charco con el dorado brillo del “oro líquido”.

Si levantas la vista, tal vez tengas la suerte de ver alguna cabra montés recortada sobre las cumbres. Y si prestas atención al cielo, es posible que un buitre leonado planee en silencio por encima de ti. Más cerca del río, el martín pescador se lanza como una flecha a por su presa, añadiendo un toque de acción al paisaje tranquilo.

¿Un consejo? Acércate, a unos 200 metros río arriba, hasta el túnel de desagüe del embalse del Tranco. Verás cómo el agua sale con fuerza por su boca, formando una corriente viva y ruidosa.

También puedes seguir uno de los senderos que nacen justo junto al kiosco. Recorren la ribera, acompañados por adelfas, mimbreras, fresnos y durillos. Un pequeño paseo lleno de verde y de vida.

Y si te gusta la pesca, a unos 300 metros más abajo del Puente de los Agustines empieza un tramo muy especial: un coto de pesca sin muerte donde la trucha común es la protagonista. Perfecto para los amantes de la caña y la naturaleza.

Para llegar, lo tienes fácil. Desde la N-322, a la altura de Villanueva del Arzobispo, toma la carretera A-6202 en dirección al embalse del Tranco. Al llegar al kilómetro 18, encontrarás un cruce señalizado hacia el Charco del Aceite. Continúa hasta la Venta de los Agustines y sigue recto. La carretera te llevará, pegada al río, hasta este paraíso escondido.

Si vienes desde la sierra de Segura o desde el alto Guadalquivir, solo tienes que llegar hasta la presa del Tranco y, desde allí, tomar la misma A-6202 hacia Villanueva. Más adelante verás el desvío que te acerca a este lugar lleno de magia.

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